Feria de San Isidro
Feria de San Isidro
Cuentan que, durante un año de sequía, Isidro de Merlo y Quintana, temiendo que la cosecha de su señor, Juan de Vargas, no diera frutos ese año, dio un golpe con su azada a la tierra y de ella surgió un manantial de agua, tan extenso, que abasteció a toda la ciudad de Madrid. San Isidro fue canonizado en 1622, pasando a ser, además patrón de la capital madrileña.
Desde entonces, cada 15 de mayo, Madrid celebra su fiesta grande, la fiesta de su santo patrón, donde se bendice el agua de la fuente, la misma dicen, que el santo hizo manar en tiempos de sequía.
En el popular barrio de Carabanchel, en el paseo Quince de mayo, fue construida en 1528 la ermita dedicada a San Isidro, en el mismo lugar de donde brota el agua de la fuente del santo. Es allí donde cada 15 de mayo, miles de madrileños se remontan al pasado más castizo de la capital para mostrar sus honores al santo y beber agua de la fuente. Es una semana de actuaciones, conciertos, concursos, romerías, verbenas, pero, sobre todo, si hay algo que ha dado fama mundial a la feria de San Isidro, ha sido su fiesta taurina. La plaza de Las Ventas, la más grande de España y la segunda del mundo, alberga durante una semana, corridas de toros con las más ilustres figuras del momento. Muchos son los que hacen innumerables colas a las puertas de la plaza para poder hacerse con las mejores entradas y poder disfrutar de una de las tardes taurinas con más prestigio del mundo.
Pero la feria de San Isidro tampoco sería nada sin sus castizos, es decir, sin sus conocidos como chulapos y chulapas. El prado del santo se llena de estos madrileños, tal vez un poco nostálgicos, que ataviados c
on el traje típico, pasan el día bailando, agarrados, al compás del chotis que marcan los organillos. Ellos, con pantalones negros, chaqueta a cuadros grises, chaleco, gorra a cuadros, pañuelo blanco anudado al cuello, clavel rojo en la solapa y con un cigarro en la boca puesto con maestría. Ellas, con vestido de volantes, mantón de Manila, pañuelo en la cabeza y clavel rojo colocado con gracia.
Estas figuras relevantes de la fiesta se mezclan con los organilleros, que tocan pequeñas cajas de música y con los barquilleros, que venden unas pequeñas delicias pasteleras, cuyos ingredientes principales son la harina y el azúcar. Los madrileños disfrutan también de la tradicional feria, cuya atracción principal es la noria, y de la verbena, además de vivir l afiesta con romerías junto al río Manzanares y desfiles de carrozas. Los gigantes y cabezudos son también los invitados principales de esta fiesta, que finaliza con un impresionante castillo pirotécnico. No hay duda que San Isidro es la feria donde la tradición religiosa y lo más castizo intentan sobrevivir, y parece que con éxito, en una, cada vez más, variada fiesta madrileña.
Desde entonces, cada 15 de mayo, Madrid celebra su fiesta grande, la fiesta de su santo patrón, donde se bendice el agua de la fuente, la misma dicen, que el santo hizo manar en tiempos de sequía. En el popular barrio de Carabanchel, en el paseo Quince de mayo, fue construida en 1528 la ermita dedicada a San Isidro, en el mismo lugar de donde brota el agua de la fuente del santo. Es allí donde cada 15 de mayo, miles de madrileños se remontan al pasado más castizo de la capital para mostrar sus honores al santo y beber agua de la fuente. Es una semana de actuaciones, conciertos, concursos, romerías, verbenas, pero, sobre todo, si hay algo que ha dado fama mundial a la feria de San Isidro, ha sido su fiesta taurina. La plaza de Las Ventas, la más grande de España y la segunda del mundo, alberga durante una semana, corridas de toros con las más ilustres figuras del momento. Muchos son los que hacen innumerables colas a las puertas de la plaza para poder hacerse con las mejores entradas y poder disfrutar de una de las tardes taurinas con más prestigio del mundo.
Pero la feria de San Isidro tampoco sería nada sin sus castizos, es decir, sin sus conocidos como chulapos y chulapas. El prado del santo se llena de estos madrileños, tal vez un poco nostálgicos, que ataviados c
on el traje típico, pasan el día bailando, agarrados, al compás del chotis que marcan los organillos. Ellos, con pantalones negros, chaqueta a cuadros grises, chaleco, gorra a cuadros, pañuelo blanco anudado al cuello, clavel rojo en la solapa y con un cigarro en la boca puesto con maestría. Ellas, con vestido de volantes, mantón de Manila, pañuelo en la cabeza y clavel rojo colocado con gracia. Estas figuras relevantes de la fiesta se mezclan con los organilleros, que tocan pequeñas cajas de música y con los barquilleros, que venden unas pequeñas delicias pasteleras, cuyos ingredientes principales son la harina y el azúcar. Los madrileños disfrutan también de la tradicional feria, cuya atracción principal es la noria, y de la verbena, además de vivir l afiesta con romerías junto al río Manzanares y desfiles de carrozas. Los gigantes y cabezudos son también los invitados principales de esta fiesta, que finaliza con un impresionante castillo pirotécnico. No hay duda que San Isidro es la feria donde la tradición religiosa y lo más castizo intentan sobrevivir, y parece que con éxito, en una, cada vez más, variada fiesta madrileña.




